Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —Se rÃe usted —dijo sonriendo también él—. No, escuche —añadió con inconcebible ingenuidad—. No me juzgue por las apariencias; realmente tengo un extraordinario don de observación; ya lo verá. ¿Por qué no intentarlo? Quizá salga algo… Además, parece que tiene usted razón, pues no sé nada de la vida real; eso mismo me decÃa Natasha y, por otro lado, me lo dice todo el mundo. ¿Qué clase de escritor voy a ser? RÃase, rÃase, pero corrÃjame; pues lo hará usted por ella, ya que tanto la quiere. Yo, la verdad, no la merezco; soy consciente de ello y me apena, y no consigo saber por qué me ama de esa forma. ¡Creo que darÃa mi vida por ella! Lo cierto es que hasta este momento no he tenido miedo de nada; ahora, en cambio, estoy asustado. ¿Qué va a ser de nosotros? ¡Dios mÃo! ¿Será posible que cuando un hombre está enteramente entregado al cumplimiento del deber le falte, precisamente, la habilidad y la resolución para llevarlo a cabo? ¡Ayúdenos usted al menos, amigo! Es el único amigo que nos queda. ¡Yo solo serÃa incapaz! Perdóneme por contar de esta manera con usted; le considero un hombre de gran nobleza, muy superior a mÃ. Pero me enmendaré, no tenga ninguna duda, y seré digno de ustedes dos.
Volvió entonces a apretarme la mano, y en sus bellos ojos brilló un hermoso sentimiento de bondad. ¡Con qué confianza me estrechaba la mano, qué seguro estaba de que yo era su amigo!