Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —Ella me ayudará a corregirme —prosiguió—. Por otro lado, no tenga mal concepto de nosotros ni se preocupe demasiado. Tengo, a pesar de todo, muchas esperanzas y, en cuanto a la cuestión material, podemos estar totalmente tranquilos. Yo, por ejemplo, si no sale bien lo de la novela (a decir verdad, creo que es una tonterÃa y se lo he contado tan sólo para conocer su opinión), entonces, en último extremo, puedo dar clases de música. ¿No sabÃa usted que tengo conocimientos de música? No me da vergüenza vivir de mi trabajo. Tengo a ese respecto ideas totalmente modernas. Y, además de eso, poseo muchas baratijas de las que puedo sacar un dinero, cositas de tocador; ¿para qué las quiero? ¡Las venderé y podremos vivir de eso una buena temporada! En el peor de los casos, siempre puedo buscarme una colocación. Mi padre hasta se pondrÃa contento; constantemente me está diciendo que lo haga y yo siempre alego mala salud. (Además, ya estoy inscrito en alguna parte.) En cuanto vea que el matrimonio me resulta beneficioso y me hace madurar, y que, efectivamente, tengo una colocación, seguro que se alegra y me perdona…
—Pero, Alekséi Petróvich, ¿ha pensado usted en el conflicto que puede producirse ahora entre su padre y el de Natasha? ¿Qué cree que ocurrirá esta noche en su casa?
Y le señalé a Natasha, muerta de espanto por culpa de mis palabras. Yo habÃa sido implacable.