Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —¡SÃ, sÃ, tiene usted razón, es horrible! —respondió—. Ya he pensado en ello, y estoy consternado… Pero ¿qué puedo hacer? Tiene razón: ¡si al menos sus padres nos perdonasen! ¡Y si usted supiera cuánto los aprecio! Me han tratado siempre como a un hijo y ¡asà es como se lo pago…! ¡Ay, dichosas querellas, dichosos procesos! ¡No puede imaginarse lo desagradable que nos resulta en estos momentos! ¡Y hay que ver por lo que se pelean! ¡Nos queremos todos tanto, y aun asà nos peleamos! ¡TendrÃan que hacer las paces, y asunto concluido! Ciertamente yo, en su lugar, actuarÃa asÃ… Me asusta lo que acaba usted de decir. Es horrendo, Natasha, ¿qué va a ser de nosotros? Ya lo he dicho antes… Tú eres la que insiste… Ya verá, Iván Petróvich, cómo todo esto al final se arregla, ¿no cree usted? ¡Acabarán por reconciliarse! Nosotros haremos que se reconcilien. Seguro que sÃ, no cabe duda; no podrán resistir frente a nuestro amor… Aunque nos maldigan, nosotros seguiremos queriéndolos; no resistirán. ¡No se imagina usted el buen corazón que a veces tiene mi padre! Lo que pasa es que él ve todo esto con recelo, pero en otras ocasiones es de lo más razonable. ¡Si supiera con qué ternura me hablaba hoy, tratando de convencerme! Y mientras tanto yo actúo en su contra; eso me produce mucha tristeza. ¡Y todo a causa de los viles prejuicios! ¡Es sencillamente un disparate! ¿Qué pasarÃa si él la mirase con buenos ojos y estuviese con ella aunque sólo fuera media hora? Nos darÃa su permiso en el acto. —Diciendo esto, Aliosha dirigió una mirada llena de ternura y pasión a Natasha—. Miles de veces he imaginado con deleite —siguió su palabrerÃa— cómo la va a apreciar mi padre cuando la conozca y cómo va a sorprender ella a todo el mundo. ¡Jamás han visto a una muchacha asÃ! ¡Mi padre está convencido de que no es más que una intrigante! ¡Tengo la obligación de reparar su honor, y eso es lo que voy a hacer! ¡Ah, Natasha! Van a quererte todos, todos; nadie podrÃa dejar de quererte —añadió entusiasmado—. Aunque no te merezca en absoluto, ámame, Natasha, y yo… ¡Tú ya me conoces! ¡No necesitamos mucho para ser felices! Creo… creo que esta noche ha de traernos a todos dicha, paz y concordia. ¡Bendita sea esta noche! ¿No te parece, Natasha? Pero ¿qué te sucede? ¡Dios mÃo! ¿Qué te sucede?