Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos Estaba pálida como una muerta. Mientras Aliosha hablaba, ella le habÃa estado mirando atentamente; pero su mirada se fue volviendo cada vez más turbia y fija, y el rostro, más pálido. Me dio la sensación de que al final ya no escuchaba, que estaba como ensimismada. El grito de Aliosha pareció despertarla súbitamente. Reaccionó, miró a su alrededor y, de pronto, vino corriendo hacia mÃ. A toda prisa, atropelladamente, como a escondidas de Aliosha, sacó una carta del bolsillo y me la entregó. Era una carta para sus padres, escrita ya la vÃspera. Al dármela, me miró fijamente, como aferrándose a mà con la mirada. HabÃa desesperación en sus ojos; jamás olvidaré aquella terrible mirada. El espanto se apoderó también de mÃ; me di cuenta de que hasta ese momento ella no habÃa sido plenamente consciente de lo terrible de su proceder. Trataba de decirme algo; incluso empezó a hablar, pero de repente se desvaneció. Logré sostenerla. Aliosha palideció del susto; le frotaba las sienes, le besaba las manos y los labios. Al cabo de un par minutos recobró el conocimiento. No lejos de allà se encontraba el coche de alquiler en el que habÃa venido y lo llamó. Al subir al coche, Natasha, como fuera de sÃ, me cogió la mano, y una ardiente lágrima abrasó mis dedos. El coche se puso en marcha. Yo me quedé clavado en el sitio mucho tiempo, siguiéndolo con la vista. Toda mi felicidad se arruinó en aquel instante, mi vida estaba rota. Me daba cuenta con dolor… Despacio, regresé por el mismo camino a casa de los ancianos. No sabÃa qué decirles ni cómo presentarme en su casa. Mis pensamientos eran confusos, se me doblaban las piernas…