La mansa
La mansa –¿Se venga usted de la sociedad? ¿Eh? –me interrumpió de pronto con una sonrisa bastante sarcástica, en la que, no obstante, habÃa mucha inocencia (quiero decir que no iba dirigida a mà en particular, porque en ese momento ella no me distinguÃa en absoluto de los demás, asà que lo dijo casi sin ánimo de ofender).
«¡Vaya! –pensé–. Ya veo cómo eres, y que tienes carácter, como se estila ahora.»
–Mire –observé al punto entre bromista y misterioso–. Soy una parte de ese todo que desea hacer el mal y siempre acaba engendrando el bien…
Ella me dirigió una mirada fugaz y llena de curiosidad, en la que, por cierto, habÃa mucho de infantil.
–Espere… ¿Qué pensamiento es ése? ¿De dónde lo ha sacado? Lo he oÃdo en alguna parte…
–No se devane los sesos: son las palabras con que Mefistófeles se presenta a Fausto. ¿Ha leÃdo usted Fausto?
–No… no detenidamente.
–En otras palabras, que no lo ha leÃdo. Pues deberÃa hacerlo. Pero vuelvo a ver en sus labios un mohÃn de burla. Le ruego que no me atribuya el mal gusto de querer realzar mi papel de prestamista haciéndome pasar por Mefistófeles. Un prestamista es siempre un prestamista. Ya lo sabemos.
–Qué raro es usted… No tenÃa la menor intención de decirle algo asÃ…