La mansa
La mansa QuerÃa decir: «No esperaba que fuera usted un hombre cultivado»; pero no lo dijo; en cualquier caso, yo sabÃa que lo habÃa pensado. Ese detalle le habÃa encantado.
–Ya ve usted –observé–, en cualquier ámbito se puede hacer el bien. Naturalmente, no estoy hablando de mÃ; yo no hago más que el mal, pero…
–Claro que se puede hacer el bien en cualquier coyuntura –dijo ella, dirigiéndome una mirada rápida y penetrante–. En cualquier coyuntura, no lo dude usted –añadió de pronto.
¡Ah, me acuerdo! ¡Me acuerdo de todos esos instantes! Y me gustarÃa añadir que, cuando los jóvenes, esos simpáticos jóvenes, quieren decir algo inteligente y profundo, con excesiva sinceridad y candidez ponen una cara en la que puede leerse: «Presta atención, que voy a decirte una cosa inteligente y profunda». Y no por vanidad, como nosotros, sino porque conceden un gran valor a todo eso, porque creen en sus palabras, las respetan y suponen que vosotros las respetáis tanto como ellos. ¡Ah, la sinceridad! ¡Eso es lo que les da la victoria! ¡Y qué encantadora era en ella!