La mansa
La mansa De pronto ella se levantó de un salto, temblando de pies a cabeza, y, llevada de la cólera que sentÃa contra mà –¿pueden creerlo?–, se puso a patalear; era una fiera, una furia; era una fiera enfurecida. Estaba paralizado de asombro: nunca me habÃa esperado semejante arrebato. Pero no perdà el dominio de mà mismo, ni siquiera me movÃ, y con la misma voz serena de antes le declaré con toda claridad que a partir de ese momento le prohibÃa participar en mis ocupaciones. Ella se rió en mi cara y salió a la calle.
El caso es que no tenÃa derecho a marcharse asÃ. Ya antes de casarnos habÃamos convenido en que no irÃa a ninguna parte sin mÃ. Cuando volvió por la tarde, no le dirigà la palabra.