La mansa

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Al día siguiente también se marchó por la mañana, y al otro lo mismo. Yo cerré el negocio y fui a ver a sus tías. Después de la boda había roto toda relación con ellas: ni las recibía en mi casa ni aparecía por la suya. Me enteré de que no había ido a verlas. Me escucharon con curiosidad y se rieron en mis propias narices: «Se lo tiene merecido», me dijeron. Pero ya había contado yo con sus burlas. A continuación soborné a la menor de las tías, la soltera, prometiéndole cien rublos, de los que le adelanté veinticinco. Al cabo de dos días vino a verme y me dijo: «En el asunto está mezclado un oficial, el teniente Yefímovich, antiguo compañero suyo de regimiento». Yo me quedé muy sorprendido. Ese Yefímovich era la persona que más me había perjudicado en el regimiento, pero un mes antes había tenido el descaro de presentarse en mi negocio un par de veces, con el pretexto de empeñar un objeto, y recuerdo que había empezado a bromear con mi mujer. Yo entonces me acerqué y le dije que, en consideración a nuestras antiguas relaciones, hiciera el favor de no volver a aparecer por allí; pero no se me pasó por la cabeza que pudiera suceder algo semejante; simplemente, pensé que era un insolente. Y ahora, de pronto, la tía me anunciaba que ya habían concertado una entrevista y que, detrás de todo aquel asunto, estaba una antigua conocida de las tías, Yulia Samsónovna, viuda de un coronel: «Es a su casa adonde se dirige ahora su esposa».


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