La mansa
La mansa Regresó al anochecer, se sentó en la cama, me dirigió una mirada burlona y empezó a dar golpecitos en la alfombra con el pie. De pronto, mientras la miraba, me acometió la idea de que en ese último mes o, mejor dicho, en esas últimas dos semanas, su carácter había cambiado de manera drástica; hasta podría decirse que se había convertido en su propia antítesis. Era una criatura violenta, agresiva, no puedo decir que desvergonzada, pero sí descomedida y con ganas de armar gresca. Buscaba la manera de armar gresca. Pero su mansedumbre se lo impedía. Cuando una mujer así se rebela, se ve enseguida que, aunque se pase de la raya, ella misma tiene que forzarse y aguijonearse, y que a pesar de todo no puede quebrar su sentido de la moralidad y de la decencia. Por eso tales mujeres a veces llegan tan lejos que uno no puede creer lo que ven sus propios ojos. Un alma habituada a la depravación, por el contrario, siempre atenúa las cosas; procede de una forma más infame, pero con cierta apariencia de decoro y decencia, con la pretensión de quedar por encima de todos.
–¿Es verdad que le expulsaron a usted del regimiento porque tuvo miedo de batirse en duelo? –preguntó de pronto, de buenas a primeras, y sus ojos centellearon.
–Sí; por decisión de los oficiales se me obligó a abandonar el regimiento, aunque había pedido el retiro antes de eso.