La mansa

La mansa

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–¿Le expulsaron por cobarde?

–Sí, eso decía la sentencia. Pero no me negué a batirme por cobardía, sino porque no quise someterme a su tiránica decisión y desafiar a un hombre cuando no me sentía ofendido. Debe usted saber –no pude dejar de añadir– que rebelarse contra esa clase de tiranía y afrontar todas las consecuencias requiere mucha más valentía que batirse en duelo.

No había podido contenerme y había pronunciado una frase que sonaba como una justificación; y era eso lo que ella estaba esperando, esa nueva humillación mía. Estalló en una risa maligna.

–¿Y es verdad también que, durante tres años, iba por las calles de San Petersburgo como un vagabundo, pidiendo limosna, y que pasaba las noches debajo de las mesas de billar?

–Y también en la plaza de la Paja, en la casa Viázemski[2]. Sí, es verdad; después de abandonar el regimiento, tuve que soportar muchas situaciones oprobiosas y denigrantes, pero sin sufrir ningún menoscabo moral, porque ya entonces era yo el primero en detestar mi conducta. Aquello no fue más que un desmayo de la voluntad y de la razón, motivado por lo desesperado de mi situación. Pero todo eso pertenece ya al pasado…

–¡Ah, sí, ahora es usted todo un personaje, un financiero!


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