La mansa
La mansa Esto es lo que pasó. Estuve escuchando una hora entera y a lo largo de esa hora asistí a un duelo entre la mujer más noble y de espíritu más elevado y un individuo mundano, depravado y limitado, con un alma rastrera. ¿Cómo es posible, pensaba yo, que esa mujer mansa, ingenua y poco locuaz sepa todas esas cosas? Ni el autor más ingenioso de comedias ligeras habría sido capaz de escribir esa escena de burlas, carcajadas ingenuas y santo desprecio de la virtud en aras del vicio. Y ¡qué chispeantes eran sus palabras y sus breves comentarios, qué ingenio denotaban sus rápidas respuestas, cuánta verdad había en sus reprobaciones! Y, al mismo tiempo, ¡cuánta ingenuidad casi virginal! Se reía en la propia cara del teniente de sus declaraciones de amor, de sus gestos, de sus proposiciones. Yefímovich, que había acudido con la idea de un asalto sin contemplaciones y que no había esperado encontrar resistencia, se encontró de pronto desarmado. Al principio yo no podía dejar de pensar que se trataba de simple coquetería por parte de ella… «de la coquetería de un ser perverso, pero ingenioso, que quiere hacerse valer». Pero la verdad resplandeció como el sol, sin que cupiera albergar ninguna duda. Solo llevada de un odio impetuoso e insincero a mí, había sido capaz esa criatura inexperta de concertar esa cita, pero cuando llegó el momento de la verdad, se le abrieron de pronto los ojos. Había tratado de ofenderme por un medio u otro, pero, una vez decidida a cometer semejante vileza, no había podido soportar tamaña irregularidad. Y, en verdad, ¿cómo habría podido Yefímovich o cualquier otro de esos individuos mundanos seducir a una mujer como ella, tan pura e inocente, con tales ideales? Al contrario, para ella solo era motivo de risa. Toda la verdad resplandeció en su alma y la indignación hizo brotar sarcasmos de su corazón. Lo repito: aquel bufón se vio al final completamente desarmado y se quedó sentado, con el ceño fruncido, sin responder apenas, hasta el punto de que empecé a temer que se atreviera a ultrajarla movido de un bajo espíritu de venganza. Y vuelvo a repetirlo: puedo decir en mi honor que escuché toda esa escena sin apenas asombro. Era como si estuviera asistiendo a algo conocido. Me parecía que había acudido a ese lugar para contemplar precisamente eso. Había ido sin creer en nada, sin dar crédito a ninguna acusación, aunque me había guardado el revólver en el bolsillo… ¡ésa es la verdad! Pero ¿podía acaso imaginar otra conducta por su parte? En tal caso, ¿por qué la quería? ¿Por qué la tenía en tan alta estima? ¿Por qué me había casado con ella? Ah, naturalmente, quedé entonces completamente convencido de lo mucho que me odiaba, pero también de lo pura que era. Interrumpí bruscamente la escena abriendo la puerta. Yefímovich pegó un salto, yo cogí a mi mujer de la mano y la invité a salir conmigo. Yefímovich se recobró y, de pronto, estalló en una carcajada sonora y estridente: