La mansa
La mansa –¡Ah, no puedo decir nada contra los santos deberes conyugales! ¡Llévesela! ¡Llévesela! Ya sabe –me gritó cuando salÃa– que un hombre de honor no puede batirse con usted, pero de todos modos, por respeto a la señora, me pongo a su disposición… Suponiendo que tenga usted valor…
–¿Has oÃdo? –le pregunté, deteniéndola un segundo en el umbral.