La mansa
La mansa Luego, a lo largo de todo el camino, no intercambiamos ni una sola palabra. Yo la llevaba del brazo y ella no oponía resistencia. Al contrario, estaba terriblemente sorprendida, pero ese estado solo duró hasta que llegamos a casa. Una vez dentro, se sentó en una silla y me miró fijamente. Estaba muy pálida; aunque sus labios se habían plegado en ese mohín de burla, me miraba con solemne y severa expresión de desafío; por lo visto, en los primeros momentos estaba plenamente convencida de que iba a matarla de un disparo. Pero yo saqué el revólver del bolsillo sin abrir la boca y lo dejé en la mesa. Ella me miró y luego volvió los ojos al revólver. (No se olviden de que ella conocía ese revólver. Lo había adquirido cuando abrí la casa de empeños y estaba cargado desde entonces. Cuando puse ese negocio, tomé la decisión de no tener grandes mastines ni un criado musculoso, como el que servía a Mózer, por ejemplo. A mis clientes les abría la cocinera. Pero en una actividad como la nuestra, no puede uno privarse, por lo que pueda pasar, de un medio de defensa personal, y yo me había decidido por un revólver cargado. Los primeros días que pasó en mi casa, ella se interesó mucho por el revólver y me hizo algunas preguntas; yo le expliqué incluso el mecanismo y el modo de usarlo y una vez hasta la persuadí para que disparara contra un blanco. Tengan todo eso en cuenta.) Sin prestar atención a su mirada asustada, me tumbé en la cama a medio vestir. Estaba muy cansado: eran ya cerca de las once. Ella siguió sentada en el mismo sitio, sin moverse, cerca de una hora; luego apagó la vela y se tumbó, vestida también, en el sofá que había junto a la pared. Era la primera vez que no dormía a mi lado; no pierdan tampoco de vista ese detalle…