La mansa

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Schroeder no la examinó con mucho detenimiento (esos médicos resultan a veces descuidados por pura altanería) y, cuando pasamos a la habitación contigua, se limitó a decirme que eran las secuelas de la enfermedad y que sería una buena idea llevarla en primavera a algún lugar de la costa o, si eso no era posible, pasar una temporada en el campo. En suma, no dijo nada, solo que estaba débil o algo por el estilo. Cuando Schroeder se marchó, repitió de pronto, mirándome con una seriedad terrible:

–Pero ¡si estoy bien, completamente bien!

No obstante, nada más pronunciar esas palabras, se puso colorada, al parecer de vergüenza. ¡Ah, ahora lo entiendo! Le daba vergüenza que yo siguiera siendo su marido, que me preocupara por ella como un verdadero esposo. Pero entonces no lo comprendí y atribuí ese rubor a su modestia. (¡El velo!)







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