La mansa

La mansa

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Y he aquí que, al cabo de un mes, un día claro y soleado de abril, a eso de las cinco, estaba sentado junto a la caja, echando cuentas. De pronto oí que ella, en nuestra habitación, sentada a su mesita, con la labor en el regazo, se ponía a cantar en voz muy baja. Ni siquiera hoy consigo explicarme la enorme impresión que me causó esa novedad. Hasta ese momento casi nunca la había oído cantar, a no ser en los primeros días, cuando la llevé a mi casa y aún podíamos divertirnos tirando al blanco con el revólver. Pero entonces su voz era todavía bastante fuerte y sonora, y, aunque a veces vacilaba, resultaba agradable y denotaba salud. Ahora su canción sonaba muy débil… Ah, no es que fuera triste (se trataba de una romanza), sino que su voz parecía rota o cascada, como si no pudiese cumplir su cometido o la cancioncilla misma estuviese enferma. Cantaba a media voz y, de pronto, en una nota más alta, la voz se quebró… La pobre vocecilla se quebró de una forma lastimosa; ella entonces carraspeó y se puso a cantar de nuevo muy, muy bajo…







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