La mansa
La mansa Pueden reírse ustedes de mis emociones, pero nadie entenderá nunca por qué me alteré de ese modo. No, aún no me compadecía de ella, se trataba de algo totalmente distinto. Al principio, al menos en los primeros minutos, me dominaron un desconcierto repentino y un asombro terrible, terrible y extraño, doloroso y casi vengativo: «¡Está cantando, y en mi presencia!». ¿Es que se ha olvidado de mí?
Durante un tiempo me quedé donde estaba, totalmente aturdido; luego, de pronto, me levanté, cogí el sombrero y salí, sin darme apenas cuenta de lo que estaba haciendo. Al menos no sabía adónde me dirigía ni con qué objeto. Lukeria me ayudó a ponerme el abrigo.
–¿Está cantando? –le dije sin apenas darme cuenta.
Lukeria no entendió a qué me refería y me miró asombrada; por lo demás, mi forma de actuar era en verdad incomprensible.
–¿Es la primera vez que canta?
–No, a veces canta cuando no está usted –respondió Lukeria.