La mansa
La mansa Me acuerdo de todo. Bajé por la escalera, salí a la calle y eché a andar sin dirección ni rumbo. Llegué a la esquina y me quedé mirando el vacío. Los transeúntes me empujaban, pero yo no sentía nada. Llamé a un cochero y le dije, no sé por qué razón, que me llevara al Puente de la Policía. Pero al momento siguiente le di veinte kópeks y lo despedí.
–Por las molestias –le dije con una sonrisa estúpida, sintiendo de pronto una especie de júbilo en el corazón.
Volví a casa apretando el paso. Esa nota quebrada, esa pobre nota interrumpida, resonaba de nuevo en mi alma. Apenas podía respirar. ¡El velo estaba cayendo de mis ojos! Si se había puesto a cantar en mi presencia, eso quería decir que por un instante se había olvidado de mí… Era un hecho indudable y al mismo tiempo terrible. Así lo sentía mi corazón. Pero el júbilo llenaba mi alma de luz y se imponía a ese miedo.