La mansa

La mansa

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¡Ah, ironía del destino! A lo largo de todo ese invierno mi alma no había albergado otro sentimiento que ese júbilo (¿cómo era posible?), pero ¿dónde había estado yo todo ese invierno? ¿Había sido consciente de lo que había sucedido en mi alma? Subí a toda prisa las escaleras y entré no sé si con cierto temor. Solo recuerdo que el suelo parecía tambalearse y que tenía la sensación de flotar en medio de un río. Entré en la habitación; ella estaba sentada en el mismo sitio de antes, con la cabeza inclinada sobre su labor, pero ya no cantaba. Me dirigió una mirada fugaz y desatenta, pero no era una mirada, sino ese gesto instintivo e indiferente con que se acoge la entrada de una persona en la habitación en la que nos encontramos.

Fui derecho a ella y me senté a su lado en una silla, como fuera de mí. Ella me dirigió una mirada rápida, con expresión asustada; cogí su mano y no recuerdo lo que le dije o, mejor dicho, lo que quise decirle, porque ni siquiera podía hablar como es debido. Mi voz se quebraba y se negaba a obedecerme. La verdad es que no sabía qué decir y no hacía más que jadear.

–Hablemos… ¿Sabes?… ¡Di algo! –balbucí de manera incomprensible.


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