La mansa
La mansa Pero ¿podía decir algo sensato? Ella se estremeció de nuevo y se apartó llena de espanto, mirándome a la cara, pero de pronto asomó a sus ojos una expresión de grave asombro… Sí, de grave asombro. Ella me miraba con sus grandes ojos. Esa gravedad, ese grave asombro fue como un mazazo: «¿Sigues pretendiendo que te ame? ¿Que te ame?», parecía preguntarme ese asombro, aunque no pronunció palabra. Pero yo lo leí todo, todo. Temblando de pies a cabeza, me arrojé a sus pies. Sí, caí a sus pies. Ella se levantó rápidamente, pero yo le cogí las manos con fuerza extraordinaria y la retuve.