La mansa

La mansa

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¡Era plenamente consciente de mi desesperación, plenamente consciente! Pero, créanme, en mi corazón bullía un arrebato tan incontenible que pensé que me iba a morir. Besaba sus pies, ebrio de felicidad. Sí, de felicidad, de una felicidad ilimitada e infinita, aunque me daba cuenta de que mi situación era desesperada, irremediable. Lloraba y quería decir algo, pero no podía hablar. Pronto el miedo y la sorpresa cedieron su lugar a una suerte de reflexión inquieta, a una pregunta acuciante, y entonces me miró extrañada, incluso desconcertada; quería comprender algo cuanto antes, y se le escapó una sonrisa. Le daba una vergüenza terrible que le besara los pies y los apartaba, pero yo seguía besando el lugar en que se habían posado. Ella lo vio y se echó a reír avergonzada (ya saben cómo se ríe a veces la gente de pura vergüenza). Me daba cuenta de que estaba al borde de un ataque de histeria, sus manos temblaban, pero no presté atención a esas señales y continué balbuciendo que la amaba, que no me levantaría: «Déjame besar tu vestido… adorarte de rodillas toda la vida…». Ya no sé nada más, ya no recuerdo nada más… De pronto ella estalló en sollozos y se estremeció; luego tuvo un violento ataque de histeria. La había asustado.




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