La mansa

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La llevé a la cama. Cuando se le pasó la crisis, se incorporó, me cogió las manos con aire terriblemente abatido y me pidió que me tranquilizara: «¡Deje de atormentarse, cálmese!», y de nuevo se echó a llorar. No me aparté de su lado en toda la tarde. No paraba de decirle que la llevaría a Boulogne para que tomara baños de mar, enseguida, inmediatamente, en dos semanas; que aquella tarde había oído que tenía la voz muy débil; que cerraría el negocio, se lo vendería a Dobronrávov e iniciaríamos una nueva vida. Pero ¡lo principal era ir a Boulogne, a Boulogne! Ella me escuchaba, cada vez más asustada. En cualquier caso, para mí lo más importante no era eso, sino que cada vez sentía mayores deseos de arrojarme de nuevo a sus pies, de volver a besárselos, así como el suelo que habían pisado, de adorarla. «No te pediré nada más, nada más –repetía una y otra vez–. No me respondas, no prestes atención siquiera a mis palabras; déjame tan solo que te contemple desde un rincón, conviérteme en un objeto, en un perrito…» Ella lloraba.







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