La mansa

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–Y yo creía que me iba a dejar usted así –se le escapó de pronto sin querer, tan sin querer que tal vez no se dio cuenta de lo que decía, y sin embargo fue la frase más importante, más fatídica y más comprensible de cuantas pronunció aquella tarde. ¡Al oírla, sentí como si me clavaran un puñal en el corazón! Esa frase me lo explicaba todo, pero mientras estaba a mi lado, delante de mis ojos, albergaba una esperanza inquebrantable y era inmensamente feliz. ¡Ah!, esa tarde la fatigué muchísimo, yo mismo me daba cuenta, pero no podía dejar de pensar que iba a arreglarlo todo en ese mismo instante. Por último, ya entrada la noche, se quedó totalmente exhausta; la convencí para que cerrara los ojos, y ella se durmió al instante, con un sueño profundo. Yo temía que empezara a delirar, y no me equivoqué, pero su delirio fue muy ligero. Pasé toda la noche levantándome y acercándome sin hacer ruido, con las zapatillas puestas, para contemplarla. Al ver a esa criatura enferma tendida en ese pobre lecho, en esa cama metálica que me había costado tres rublos, me retorcía las manos. Me postraba de hinojos, pero no me atrevía a besarle los pies (¡sin su consentimiento!). Me ponía a rezar a Dios, pero enseguida me incorporaba. Lukeria me observaba y salía cada dos por tres de la cocina. Fui a su encuentro y le dije que se acostara, que al día siguiente empezaría «una nueva vida».


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