Los demonios
Los demonios —Vamos a dejarlo, Marie; ya hablaremos de eso.
—¿Qué clase de persona era aquà esa Maria Timoféievna?
—Vamos a dejar también eso para después, Marie.
—¡No se atreva a hacerme esos comentarios! ¿Es verdad que esa muerte puede ser atribuida a la villanÃa… de esa gente?
—Asà es, sin duda alguna —respondió Shátov, y le rechinaron los dientes.
Marie, de pronto, levantó la cabeza y gritó de un modo enfermizo:
—¡No se atreva a hablarme de eso nunca más! ¡Nunca más! ¡Nunca más! —Y volvió a desplomarse sobre la cama, presa del mismo dolor espasmódico; ya era la tercera vez, pero en esta ocasión los quejidos eran más fuertes y se convertÃan en gritos—. ¡Ah, hombre insoportable! ¡Ah, hombre insufrible! —gritó dando vueltas, sin contenerse ya, apartando a empujones a Shátov, que estaba de pie a su lado.
—Marie, haré lo que quieras… andaré, hablaré…
—Pero ¿es que no está viendo que ya ha empezado?
—¿Qué es lo que ha empezado, Marie?