Los demonios
Los demonios —¿Cómo quiere que lo sepa? ¿Acaso sé yo algo de esto? ¡Oh, maldición! ¡Maldito sea todo de antemano!
—Marie, si me dijeras qué es lo que ha empezado… Si no, ¿qué voy a entender yo, en tal caso?
—¡Es usted un charlatán inútil! ¡No sabe por dónde se anda! ¡Oh, maldito sea todo en el mundo!
—¡Marie! ¡Marie!
Shátov creÃa seriamente que estaba volviéndose loca.
—Pero, de verdad, ¿no ve usted que estoy sufriendo los dolores del parto? —Se incorporó y le dirigió una mirada de rabia terrible, enfermiza, que le desfiguraba el rostro—. ¡Maldita sea de antemano esta criatura!
—Marie —exclamó Shátov, cayendo por fin en la cuenta—, Marie… Pero ¿por qué no lo has dicho desde el principio? —De pronto se rehÃzo y, con enérgica resolución, cogió su gorra.
—¿Cómo iba a saberlo al llegar aquÃ? ¿HabrÃa venido a esta casa? ¡Me habÃan dicho que aún faltaban diez dÃas! ¿Adónde va usted? ¿Adónde va? ¡Ni se le ocurra!
—¡Voy a avisar a una comadrona! Venderé el revólver, ¡ahora lo primero que se necesita es dinero!