Los demonios
Los demonios —Hoy mismo, a las ocho de la noche. Dese prisa, por favor.
Volvieron a cuchichear, como si hubiera un nuevo intercambio de pareceres.
—Escuche, ¿no estará equivocado? ¿Ha sido ella la que le ha mandado a buscarme?
—No, ella no me ha mandado, ella lo que quiere es una aldeana, una simple aldeana, para no hacerme gastar mucho. Pero no se preocupe, que yo le pagaré.
—Muy bien, iré. Me pague o no. Siempre he apreciado los sentimientos independientes de Maria Ignátievna, aunque es posible que ella no se acuerde de mÃ. ¿Tiene usted todo lo necesario?
—No tengo de nada, pero habrá de todo, lo habrá, lo habrá, lo habrá…
«¡Hasta en esta gente hay magnanimidad! —pensaba Shátov, dirigiéndose a casa de Liamshin—. El hombre y sus convicciones; por lo visto, son dos cosas muy diferentes. ¡Bien puede ser que esté en falta con ellos!… Todos somos culpables, todos somos culpables y… ¡si todo el mundo estuviera convencido…!».