Los demonios
Los demonios No tuvo que estar llamando mucho rato en casa de Liamshin; sorprendentemente, abrió enseguida el ventanillo, después de haber saltado de la cama descalzo y en ropa interior, aun a riesgo de resfriarse; y eso que era hombre muy aprensivo que andaba siempre preocupado por su salud. Pero había un motivo especial para tanta susceptibilidad y tanta prisa: Liamshin se había pasado la noche temblando y aún no había podido pegar ojo por la agitación que le había causado la sesión de los nuestros; no dejaba de imaginarse visitas imprevistas y totalmente indeseables. La noticia de la delación de Shátov era lo que más lo atormentaba. Y de buenas a primera, como hecho aposta, alguien llamaba con una fuerza terrible a su ventana.
Hasta tal punto se acobardó al ver a Shátov que cerró de golpe el ventanillo y se volvió corriendo a la cama. Shátov empezó a gritar y a golpear la ventana frenéticamente.
—¿Cómo se atreve a dar esos golpetazos en plena noche? —gritó Liamshin en tono amenazante, aunque paralizado de terror, cuando, no antes de un par de minutos, se decidió de nuevo a abrir el ventanillo y se convenció por fin de que Shátov estaba solo.
—Aquí tiene su revólver; se lo devuelvo, deme quince rublos.