Los demonios
Los demonios —¿A qué viene esto? ¿Está usted borracho? Esto es un abuso; voy a pillar un resfriado. Espere que me eche la manta por encima…
—Deme ahora mismo quince rublos. Si no, voy a estar dando golpes y gritos hasta que amanezca; le voy a destrozar el marco de la ventana.
—Pues yo voy a llamar pidiendo auxilio y le encerrarán en un calabozo.
—¿Se cree que soy mudo? Como si yo no pudiera pedir auxilio. ¿A quién le da más miedo pedir auxilio, a usted o a m�
—Cómo puede alimentar unas convicciones tan viles… Ya sé a qué está aludiendo… Espere, espere, y, por el amor de Dios, ¡deje ya de dar golpes! A ver, dÃgame, ¿quién tiene dinero de noche? Y ¿para qué quiere el dinero si no está borracho?
—Ha vuelto mi mujer. Le he rebajado diez rublos, y no he disparado ni una sola vez; coja el revólver, cójalo ahora mismo.
Liamshin sacó maquinalmente la mano por el ventanillo y cogió el revólver; esperó un momento y, de repente, asomó la cabeza rápidamente y, medio inconsciente y sintiendo un escalofrÃo en la espalda, farfulló:
—Miente, su mujer no ha vuelto, nada de eso. Lo que pasa… lo que pasa es que quiere fugarse.