Los demonios

Los demonios

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—Es usted un idiota, ¿adónde iba a ir? Que se fugue, si quiere, su Piotr Verjovenski, que yo no tengo intención. Vengo de ver a Virguínskaia, la comadrona, y ha aceptado enseguida ir a mi casa. Compruébelo. Mi mujer está sufriendo; necesito el dinero. ¡Démelo!

Las ideas relampagueaban, como fuegos de artificio, en la astuta cabeza de Liamshin. De buenas a primeras, todo había tomado otro rumbo, pero el pánico seguía impidiéndole pensar.

—Pero cómo… ¿no estaba usted separado de su mujer?

—¡Le rompo la cabeza como me haga esas preguntas!

—Ay, Dios mío, ya lo entiendo, discúlpeme; es que me ha dejado usted de una pieza… Pero lo entiendo, lo entiendo. Pero… pero ¿de verdad que va a ir Arina Prójorovna? ¿No acaba usted de decir que iba a ir? Bien sabe que eso no es verdad. Vea, vea, vea cómo no hace más que mentir.

—Seguro que ahora mismo ya está con mi mujer; no me entretenga más, yo no tengo la culpa de que sea usted un estúpido.

—Es mentira, yo no soy ningún estúpido. Perdone, pero me es imposible…

Y, completamente desconcertado, trató de cerrar la ventana por tercera vez, pero Shátov soltó tal grito que volvió a asomarse al instante.


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