Los demonios
Los demonios —¡Esto es un auténtico abuso! ¿Qué es lo que quiere usted de mí? A ver, ¿qué? ¿Qué? ¡Expóngalo! Pero ¡dese cuenta, dese cuenta de que estamos en plena noche!
—¡Le estoy pidiendo quince rublos, cabeza de chorlito!
—Pero a lo mejor yo no quiero que me devuelva el revólver. No tiene usted derecho. Usted ha comprado un objeto, y listo, y no tiene derecho. Me es imposible reunir ese dinero en plena noche. ¿Dónde quiere que consiga esa suma?
—Tú siempre tienes dinero; te he rebajado diez rublos, pero todo el mundo sabe que eres un judío.
—Vuelva pasado mañana… ¿Me ha oído? Pasado mañana, justo a las doce del medidodía, y le daré todo ese dinero. ¿Estamos de acuerdo?
Shátov, por tercera vez, aporreó con furia el marco de la ventana.
—Dame diez rublos, y mañana, en cuanto amanezca, otros cinco.
—No, cinco pasado mañana; mañana no los tengo, le doy mi palabra. Mejor no venga, mejor no venga.
—Dame diez; ¡ah, miserable!
—¿A qué vienen esos insultos? Espere que encienda; mire, ha roto usted el cristal… ¿Cómo se le ocurre insultarme así en plena noche? ¡Aquí tiene! —Le alargó un billete por la ventana.