Los demonios
Los demonios Shátov lo cogió; el billete era de cinco rublos.
—Le doy mi palabra, no puedo, ni aunque me mate, no puedo; pasado mañana podré dárselo todo, pero ahora no puedo hacer nada.
—¡De aquà no me voy! —bramó Shátov.
—Está bien, aquà tiene; y aquà hay otro más, ya lo ve; y se acabó. Ya puede usted desgañitarse, que no le doy más; pase lo que pase, no le doy. ¡He dicho que no le doy y no le doy!
Estaba fuera de sÃ, desesperado, empapado en sudor. Los dos billetes que acababa de añadir eran cada uno de un rublo. En total, Shátov habÃa sacado siete rublos.
—Bueno, vete al infierno. Mañana vuelvo. Como no tengas listos los ocho rublos, te muelo a palos, Liamshin.
«Y yo no estaré en casa, idiota», se dijo al instante Liamshin.
—¡Espere, espere! —le gritó con furia a Shátov, que ya salÃa corriendo—. ¡Espere, vuelva! DÃgame, por favor: ¿es verdad eso que ha dicho de que ha vuelto su mujer?
—¡Idiota! —Shátov escupió y echo a correr como un loco hacia su casa.