Los demonios

Los demonios

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Y hasta se levantó de la silla.

Marie estaba tan desvalida, sufría hasta tal punto y, a decir verdad, estaba tan asustada de lo que pudiera pasar que no se atrevió a dejarla marchar. Pero, de pronto, esa mujer le resultaba odiosa: lo que ella decía no era, ni mucho menos, lo que Marie quería oír, ¡no podía estar más alejado de su espíritu! No obstante, la profecía de una posible muerte en manos de una partera inexperta se impuso a su aversión. Eso sí, a partir de ese momento se volvió aún más exigente, más implacable con Shátov. Llegó a prohibirle no ya que la mirara, sino incluso que se quedara parado delante de ella. Los dolores cada vez eran más fuertes. Los juramentos, y hasta las blasfemias, se iban volviendo más y más violentos.

—Pues vamos a echarlo de aquí —resolvió Arina Prójorovna—. ¡Hay que ver qué cara! Da miedo verlo; ¡está pálido como la muerte! Dígame por favor, ¿a usted qué le va en esto, mamarracho? ¡Vaya una comedia!

Shátov no replicó; había decidido no replicar a nada.

—La de padres estúpidos que habré visto en estos casos; a punto de perder el juicio. Pero ellos, por lo menos…


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