Los demonios
Los demonios —¡Cállese de una vez o déjeme morir! ¡Que nadie diga una palabra! ¡No quiero, no quiero! —gritaba Marie.
—Es imposible no decir ni palabra, a menos que haya perdido usted el juicio; y entiendo que eso es lo que le pasa a usted, dada su situación. Como mÃnimo, habrá que hablar de lo que nos ocupa: dÃgame, ¿tienen algo preparado? Responda usted, Shátov, ella no está en condiciones.
—DÃgame: ¿qué hace falta exactamente?
—Eso quiere decir que no hay nada preparado.
Detalló lo que se requerÃa y, para ser justos, se limitó a lo estrictamente imprescindible, rayando en la indigencia. Algunas cosas las tenÃa Shátov. Marie sacó una llave y se la entregó para que buscara en su bolso de viaje. Como a Shátov le temblaban las manos, se demoró algo más de lo debido tratando de abrir aquel cerrojo desconocido. A Marie se la llevaban los demonios, pero, cuando Arina Prójorovna corrió a quitarle la llave a Shátov, no permitió que ella fisgara en su bolso e insistió, con gritos y sollozos caprichosos, en que fuera únicamente Shátov quien lo abriese.