Los demonios
Los demonios —Ah, sà —se acordó de repente, como haciendo un esfuerzo para apartarse, y solo por un momento, de una idea fascinante para él—. SÃ… una vieja… ¿Su mujer o una vieja? Espere: era su mujer y una vieja, ¿verdad? Ya me acuerdo; he estado allÃ; va a venir una vieja, pero ahora no. Llévese la almohada. ¿Algo más? SÃ… Espere: ¿tiene usted, Shátov, instantes de armonÃa eterna?
—¿Sabe una cosa, KirÃllov? DeberÃa dejar de pasarse las noches sin dormir.
KirÃllov volvió en sà y, cosa rara, se puso a hablar con mucha más coherencia que nunca; se notaba que llevaba un tiempo formulando aquello y es posible que lo hubiera puesto por escrito: