Los demonios
Los demonios La noche iba pasando. A Shátov lo echaban de allí, lo reprendían, volvían a llamarlo. Marie llegó al borde de la desesperación, temiendo por su vida. Gritaba que quería vivir, «¡como sea, como sea!», y que tenía miedo de morir. «¡Eso no, eso no!», repetía. De no haber sido por Arina Prójorovna, lo habría pasado muy mal. Poco a poco ésta se fue haciendo con su paciente, que empezó a obedecer cada palabra suya, cada grito, como una criatura. Arina Prójorovna recurría a la severidad más que a la dulzura, pero trabajaba magistralmente. Apuntaba el día. De pronto, Arina Prójorovna se imaginó que Shátov acababa de salir corriendo a la escalera para rezar a Dios y le dio por reírse. Marie también se echó a reír, con una risa maliciosa, hiriente, como si le sirviese de alivio. Al final, echaron a Shátov sin contemplaciones. La mañana se presentaba húmeda y fría. Shátov, en un rincón, apoyó la cara en la pared, igual que la víspera, cuando se había presentado Erkel. Temblaba como una hoja, le daba miedo pensar, pero su cabeza se aferraba a cualquier imagen, igual que en los sueños. Una y otra vez se veía arrastrado por sus fantasías, las cuales, una y otra vez, se deshacían como hilos podridos. Finalmente, ya no eran lamentos lo que salía del cuarto, sino unos alaridos animales, insufribles, inconcebibles. Quiso taparse los oídos, pero fue incapaz y cayó de rodillas, repitiendo inconscientemente: «¡Marie, Marie!». En ésas se oyó un grito, un nuevo grito, que hizo que Shátov se estremeciera y se pusiera en pie de un salto: el grito débil y quebrado de un recién nacido. Se persignó y corrió a la habitación. En los brazos de Arina Prójorovna un pequeño ser, colorado y cubierto de arrugas, gritaba y agitaba sus diminutos brazos y piernas; era una criatura terriblemente indefensa y, cual partícula de polvo, estaba a merced del menor soplo de aire, si bien chillaba y se hacía notar como si él también tuviese pleno derecho a la vida… Marie yacía como inconsciente, pero al minuto abrió los ojos y miró a Shátov de un modo muy, muy extraño: era, en cierto sentido, una mirada nueva que Shátov, en concreto, no era aún capaz de entender, pero nunca se la había conocido, ni recordaba haberle visto una mirada semejante.