Los demonios
Los demonios —¿Un niño? ¿Un niño? —le preguntó Marie a Arina Prójorovna con voz muy débil.
—¡Un niño! —gritó en respuesta, mientras fajaba al pequeño.
Por un momento, una vez que lo habÃa fajado y antes de colocarlo atravesado en la cama, entre dos almohadas, se lo dio a Shátov para que lo tuviera en brazos. Marie, a hurtadillas, como con miedo de Arina Prójorovna, le hizo una seña. Él lo captó de inmediato y le llevó el niño para mostrárselo.
—Qué… preciosidad… —susurró débilmente, con una sonrisa.
—¡Uf, vaya una mirada! —Arina Prójorovna se echó a reÃr, alegre y triunfal, viendo la cara de Shátov—. ¡Hay que ver qué cara!
—Alégrese, Arina Prójorovna… Es una dicha inmensa… —balbuceó Shátov con un aire idiotamente satisfecho, radiante después de las dos palabras de Marie sobre el niño.
—¿A qué dicha inmensa se refiere? —Arina Prójorovna se estaba divirtiendo, mientras se ocupaba de todo, poniendo orden y trabajando como una condenada.
—El misterio de la llegada de un nuevo ser es un misterio grandioso e inexplicable, Arina Prójorovna, y ¡es una pena que no lo entienda usted asÃ!