Los demonios
Los demonios Shátov, aturdido y extasiado, balbuceaba palabras inconexas. Como si algo se agitara en su cabeza y brotara de su alma, al margen de su voluntad.
—Eran dos personas, y de pronto una tercera, un espÃritu nuevo, completo y acabado, algo que no sale de las manos del hombre; un nuevo pensamiento, un nuevo amor; da miedo pensarlo… Y ¡no hay nada más grande en este mundo!
—¡Qué cosas más absurdas! No es más que un desarrollo ulterior del organismo, y ya está, no hay misterio que valga. —Arina Prójorovna se reÃa a carcajadas, sincera y alegremente—. En ese caso, cualquier mosca serÃa un misterio. Pero fÃjese: no tendrÃa que nacer gente que está de más. Primero hay que rehacerlo todo, de manera que no estén de más, y después ¡ya pueden nacer! Y si no, ya lo ve, pasado mañana habrá que llevarlo a la inclusa… Pero asà es como tiene que ser.
—¡Jamás se va ir de aquà a la inclusa! —dijo Shátov con rotundidad, mirando el suelo.
—¿Lo va a adoptar?
—Él es hijo mÃo.