Los demonios
Los demonios —¡Eso es que estás conforme! Espera, no digas nada, ¿qué prisas son esas? Aún no he concluido: te habÃa dejado quince mil rublos en mi testamento. Voy a dártelos de inmediato, el mismo dÃa de tu boda. De esos, le entregarás a él ocho mil; mejor dicho, no a él, sino a mÃ. Tiene una deuda de ocho mil rublos; yo me ocuparé de saldarla, pero es preciso que él sepa que ha sido con dinero tuyo. Quedan siete mil a tu disposición, ni se te ocurra darle a él un solo rublo. Jamás le pagues una deuda. Como lo hagas una sola vez, ya no te librarás para los restos. De todos modos, yo siempre estaré ahÃ. Cada uno de vosotros recibirá de mà una pensión anual de mil doscientos rublos, que ascenderá a mil quinientos con los extras, además de la comida y el alojamiento, que seguirán corriendo de mi cuenta, como ocurre ahora con los gastos de él. Vosotros solo tendréis que ocuparos del servicio. La pensión anual te la entregaré a ti en mano, en un único pago. Pero sé buena con él: dale algo de vez en cuando, y deja que lo visiten sus amigos, una vez por semana; si van más a menudo, mándalos a paseo. Pero ahà estaré yo. Y, si me muero, seguiréis recibiendo vuestra pensión hasta el dÃa de su muerte; ya lo has oÃdo, solo hasta el dÃa de su muerte, porque esa pensión es de él, no es tuya. Y a ti, aparte de los siete mil rublos de ahora, que deberÃan quedarte intactos, si no haces ninguna tonterÃa, te dejaré otros ocho mil. Y eso es todo lo que puedes esperar de mÃ; querÃa que lo supieras. Bueno, ¿qué? ¿Estás de acuerdo? ¿Vas a decir algo por fin?