Los demonios
Los demonios —Ya se lo he dicho, Varvara Petrovna.
—Recuerda que actúas con entera libertad; se hará lo que tú quieras.
—PermÃtame preguntarle una cosa, Varvara Petrovna; ¿es que Stepán TrofÃmovich ya le ha dicho algo a usted?
—No, no ha dicho nada y no lo sabe, pero… ¡no tardará en hablar!
Varvara Petrovna se levantó de un salto y se echó sobre los hombros su chal negro. Dasha, una vez más, se ruborizó levemente y la siguió con una mirada inquisitiva. De repente Varvara Petrovna se volvió hacia ella con el semblante rojo de ira.
—¡Eres una boba! —Cayó sobre ella como un gavilán—. ¡Una boba y una ingrata! ¿En qué estás pensando? ¿De verdad te has creÃdo que yo iba a comprometerte, asà como asÃ, por tan poca cosa? Pero ¡si él mismo va a arrastrarse hasta aquà de rodillas para pedir tu mano! ¡Si se va a morir de alegrÃa! ¡Asà es como se va a arreglar todo! ¡Sabes de sobra que yo nunca voy a permitir que sufras! ¿O acaso te crees que él va a cargar contigo por esos ocho mil rublos y que yo ahora voy corriendo a venderte? ¡Boba, más que boba, sois todas unas bobas ingratas! ¡Dame el paraguas!
Y fue corriendo, por las aceras de ladrillo empapadas y por los puentecillos de madera, a casa de Stepán TrofÃmovich.