Los demonios
Los demonios Diez veces. Pero él no paró de correr y ya estaba saliendo al zaguán cuando oyó de pronto un disparo atronador. Entonces se quedó quieto en el zaguán, en la oscuridad, y estuvo reflexionando cinco minutos; finalmente, volvió a la habitación. Pero tenía que hacerse con una vela. No sería difícil encontrar en el suelo, a la derecha del armario, la palmatoria que se le había escapado de las manos. Pero ¿con qué iba a encender el cabo? De pronto, un vago recuerdo cruzó rápidamente su cabeza: se acordó de una caja de fósforos grande y roja que había visto la víspera fugazmente en un rincón, sobre un estante, al bajar a la cocina para lanzarse sobre Fedka. Se movió a tientas hacia la izquierda, buscando la puerta de la cocina, hasta que la encontró; cruzó el descansillo y bajó los escalones. En el estante, en el punto exacto donde acababa de recordar, encontró en la oscuridad una caja de fósforos llena, sin empezar. Subió a toda prisa los escalones sin encender la luz, y solo cuando estuvo al lado del armario, en el sitio donde había golpeado con el revólver a Kiríllov, y donde éste lo había mordido, se acordó de su dedo y en ese mismo instante sintió que le dolía de un modo casi insoportable. Apretando los dientes, encendió como pudo el cabo de la vela, la colocó de nuevo en la palmatoria y miró a su alrededor: al pie de la ventana que tenía el ventanillo abierto, con los pies orientados hacia el rincón derecho del cuarto, yacía el cadáver de Kiríllov. Se había disparado en la sien derecha y la bala había salido por la parte superior, en el lado izquierdo, perforando el cráneo. Se veían salpicaduras de sangre y de sesos. El revólver aún seguía en la mano del suicida, que estaba en el suelo. La muerte debía de haber sido instantánea. Una vez que lo hubo examinado todo con el mayor cuidado, Piotr Stepánovich se incorporó y salió de puntillas, cerró la puerta, dejó la vela en la mesa de la habitación delantera y, después de reflexionar un momento, decidió no apagarla, pensando que no iba a originar un incendio. Volvió a mirar el documento que estaba encima de la mesa, sonriendo maquinalmente; solo entonces, y siempre de puntillas, por alguna razón, abandonó la casa. Salió una vez más por el acceso de Fedka y volvió a cerrarlo cuidadosamente antes de marcharse.