Los demonios
Los demonios El pobre Stepán TrofÃmovich estaba solo en casa y no podÃa imaginar la que se le venÃa encima. Llevaba ya un buen rato mirando por la ventana, sumido en sus tristes meditaciones, pendiente de si aparecÃa alguno de sus amigos. Pero nadie iba a acercarse a verlo. Estaba lloviznando, cada vez hacÃa más frÃo; habÃa que encender la estufa; suspiró. De pronto, una terrible visión surgió ante sus ojos: Varvara Petrovna se dirigÃa hacia allÃ, ¡con aquel tiempo y a unas horas tan intempestivas! Y ¡a pie! Se quedó tan atónito que se olvidó de cambiarse de ropa y salió a recibirla tal como estaba, con su sempiterna chaquetilla rosa guateada.
—Ma bonne amie!… —exclamó débilmente a modo de saludo.
—Me alegro de que esté usted solo: ¡no soporto a sus amigos! Hay que ver lo que fuma; ¡vaya una atmósfera, Dios mÃo! ¡Aún no ha terminado usted el té, y ya son casi las doce! ¡Está usted en la gloria con todo este desorden! ¡Hay que ver lo que le gusta la mugre! ¿Qué hacen todos esos papeles en el suelo? ¡Nastasia, Nastasia! ¿Qué está haciendo su Nastasia? Anda, mátushka, abre las ventanas, los montantes, la puerta, todo bien abierto, de par en par. Y nosotros vamos a la sala; tengo un asunto que tratar con usted. Y ¡tú ya podÃas barrer alguna vez, mátushka!
—¡No sabe usted lo que ensucia, señora! —protestó Nastasia con voz quejosa e irritada.