Los demonios

Los demonios

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—Pues tú barre, ¡quince veces al día si hace falta! Esta sala está hecha una pena —dijo Varvara Petrovna al pasar a esa estancia—. Cierre bien la puerta, no vaya a darle por escuchar. Hay que cambiar este papel sin falta. ¿No le había mandado a un empapelador con unas muestras? ¿Cómo es que no escogió ninguna? Siéntese y escuche. Siéntese de una vez, haga el favor. ¿Adónde va ahora? ¿Adónde va? ¡Adónde va!

—Vuelvo enseguida —gritó Stepán Trofímovich desde el cuarto de al lado—. ¡Ya estoy de vuelta!

—Anda, ¡si se ha cambiado! —Varvara Petrovna lo examinó con aire burlón: se había puesto una levita encima de la chaquetilla guateada—. Pues sí, así está mejor. Siéntese de una vez, se lo ruego.

Se lo expuso todo de un tirón, de forma abrupta y persuasiva. Aludió a los ocho mil rublos, que para él eran cuestión de vida o muerte. Le contó pormenorizadamente lo de la dote. Stepán Trofímovich puso los ojos a cuadros y se echó a temblar. Lo oía todo, pero estaba claro que no entendía nada. Quiso hablar, pero se le quebró la voz. Lo único que sabía es que todo iba a ocurrir como ella decía, que protestar y mostrarse disconforme era perder el tiempo, que ya era un hombre casado y eso no tenía vuelta de hoja.

—Mais, ma bonne amie, por tercera vez, a mis años… y ¡con esa chiquilla! —acertó a decir finalmente—. Mais c’est une enfant![73]


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