Los demonios
Los demonios «Mais c’est une dame, et très comme il faut[368]. —Stepán TrofĂmovich descansaba del asalto de AnĂsim y miraba con grata curiosidad a su vecina, la librera de lance, la cual, de todos modos, se tomaba el tĂ© del platillo mientras mordisqueaba un terrĂłn de azĂşcar—. Ce petit morceau de sucre ce n’est rien…[369] En ella hay algo noble e independiente, y al mismo tiempo… dulce. Le comme il faut tout pur[370], pero ligeramente de otra clase».
Pronto averiguĂł por ella misma que se llamaba Sofia MatvĂ©ievna UlĂtina y que vivĂa en K., y allĂ tenĂa una hermana viuda, de familia de menestrales; tambiĂ©n ella era viuda, y su marido, ascendido a subteniente despuĂ©s de haber servido como sargento, habĂa caĂdo en SevastĂłpol.
—Pero es usted muy joven todavĂa, vous n’avez pas trente ans[371].
—Treinta y cuatro, señor. —Sofia Matvéievna sonrió.
—¿Asà que también entiende el francés?
—Un poco, señor; después de aquello vivà cuatro años en casa de unos nobles y lo aprendà de los niños.
ContĂł que, despuĂ©s de enviudar con solo dieciocho años, habĂa pasado algĂşn tiempo en SevastĂłpol, de enfermera, y que despuĂ©s habĂa vivido en varios sitios, y que ahora iba por ahĂ vendiendo evangelios.