Los demonios
Los demonios —Mais mon Dieu, ¿no tuvo usted en nuestra ciudad una historia extraña, o más bien extrañÃsima?
La mujer se ruborizó; efectivamente, habÃa sido ella.
—Ces vauriens, ces malheureux…![372] —empezó Stepán TrofÃmovich, con la voz trémula de indignación; aquel recuerdo doloroso y abominable atormentó su corazón. Por unos momentos, parecÃa abstraÃdo.
«Vaya, ha salido otra vez. —Volvió en sÃ, advirtiendo que, una vez más, ella no estaba—. Sale a menudo y está ocupada en algo. Me doy cuenta de que está incluso inquieta… Bah, je deviens égoiste…»[373].
Levantó los ojos y vio nuevamente a AnÃsim, pero esta vez en circunstancias sumamente inquietantes. La isba estaba llena de campesinos, y a todos, por lo visto, los habÃa arrastrado hasta allà el propio AnÃsim. Allà estaban el patrón de la isba, el campesino de la vaca, otros dos campesinos (que resultaron ser cocheros), un hombrecillo medio borracho, vestido como un campesino, solo que afeitado, que parecÃa un menestral arruinado por la bebida y era el más parlanchÃn. Y todos hablaban de él, de Stepán TrofÃmovich. El campesino de la vaca no daba su brazo a torcer, y aseguraba que, siguiendo por la orilla del lago, se daba un rodeo de cuarenta verstas, y que no habÃa más remedio que tomar el vapor. El menestral medio borracho y el patrón replicaban con vehemencia: