Los demonios

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—Naturalmente, hermano mío, si el señor cruza el lago en el vapor, va a acortar; eso es así. Pero a lo mejor estos días el vapor ni viene.

—Sí que viene, sí que viene; va a seguir viniendo otra semana. —Anísim estaba más excitado que nadie.

—Seguramente; pero no cumple el horario, por las fechas en que estamos; a veces hay que esperar tres días en Ústievo.

—Mañana está aquí, mañana a las dos en punto, como un clavo. Antes de que anochezca el señor está en Spásov sin falta —se empeñaba Anísim.

—Mais qu’est-ce qu’il a cet homme[374] —Stepán Trofímovich temblaba, esperando asustado su destino.

También se adelantaron los cocheros y empezaron a regatear; pedían tres rublos hasta Ústievo. Los otros gritaban que no estaba mal, que era el precio que tocaba y que todo el verano habían cobrado lo mismo por llevar a la gente de allí a Ústievo.

—Pero… aquí tampoco se está nada mal… Y yo no quiero… —empezó a farfullar Stepán Trofímovich.

—Claro que sí, señor, tiene usted mucha razón, ahora en Spásov sí que da gusto estar, y Fiódor Matvéievich se alegrará mucho de verle.


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