Los demonios
Los demonios Todos los desmanes y delitos cometidos se descubrieron con extraordinaria rapidez, mucho más rápido de lo que había supuesto Piotr Stepánovich. Para empezar, la noche del asesinato de su marido la desdichada Maria Ignátievna se despertó antes del alba, lo echó de menos y sufrió una agitación indescriptible al no verlo a su lado. Con ella había pasado la noche la sirvienta que le había procurado Arina Prójorovna. Ésta, como veía que no podía calmarla, fue corriendo en cuanto se hizo de día a buscar a la propia Arina Prójorovna, después de asegurar a la paciente que la comadrona sabía dónde estaba su marido y cuándo pensaba volver. Entretanto, la propia Arina Prójorovna también había empezado a alarmarse: ya se había enterado por su marido de la hazaña de esa noche en Skvoréshniki. Virguinski había vuelto a casa a eso de las once, en un estado anímico y con un aspecto deplorables; retorciéndose las manos, se echó boca abajo en la cama y empezó a repetir, agitándose entre sollozos convulsivos: «No es esto, no es esto; no es esto ¡de ninguna manera!». Acabó, por supuesto, confesándoselo todo a Arina Prójorovna, aunque, eso sí, tan solo a ella en la casa. Ella lo dejó en la cama, reprendiéndolo con severidad y diciéndole que «si quería gimotear, que lo hiciera en la almohada para que no le oyese nadie, y que sería un estúpido si al día siguiente se le notaba algo en el semblante». No obstante, se quedó un tanto pensativa y empezó a prepararse para cualquier eventualidad: logró esconder o destruir por completo toda clase de papeles personales, libros e incluso, posiblemente, proclamas. Pronto llegó a la conclusión de que ni ella, ni su hermana, ni su tía, ni la estudiante, ni posiblemente tampoco su hermano el orejudo tenían nada que temer. Cuando la sirvienta vino corriendo a buscarla por la mañana, se encaminó a casa de Maria Ignátievna sin vacilar. Sin embargo, estaba ansiosa por averiguar cuanto antes si era verdad lo que su marido, en un susurro despavorido y enfermizo, semejante a un delirio, le había contado esa noche, a saber, que Piotr Stepánovich, pensando en el beneficio de todos ellos, contaba con Kiríllov.