Los demonios
Los demonios Pero llegó a casa de Maria Ignátievna demasiado tarde: después de despedir a la sirvienta y quedarse sola, Maria Ignátievna ya no pudo aguantar más; se levantó de la cama y, echándose por encima la primera ropa de abrigo que encontró, una prenda, por lo visto, demasiado ligera e inadecuada para esa época del año, bajó al pabellón de Kiríllov, figurándose que éste, mejor que nadie, podría decirle algo de su marido. Puede uno imaginarse la impresión que le produjo a la recién parida lo que vio. Es curioso que no leyera la última nota de Kiríllov, que estaba en la mesa, bien a la vista, pero, como es natural, en su pánico no se fijaría en ella. Volvió corriendo a su buhardilla, cogió al crío y salió con él a la calle. Hacía una mañana húmeda, había niebla. No vio un alma en aquel callejón. Siguió corriendo, sin aliento, entre el barro frío y pegajoso y empezó, finalmente, a llamar a las casas; en una casa no le abrieron, en otra tardaron tanto en abrir que renunció, desesperada, y empezó a llamar en la tercera casa. Era la casa de nuestro comerciante Titov. Allí armó un gran alboroto, gritando y asegurando de modo incoherente que «habían matado a su marido». De Shátov y de su historia sabían algo en casa de Titov; se quedaron espantados al ver que su mujer, que había dado a luz la misma víspera, según decía ella misma, fuera corriendo por las calles tan ligera de ropa y con ese frío, con un niño medio desnudo en sus brazos. Creyeron al principio que deliraba, sobre todo porque no quedaba claro a quién habían matado: si a Kiríllov o a su marido. Dándose cuenta de que no le creían, estuvo a punto de echar a correr de nuevo, pero la retuvieron contra su voluntad y, según dicen, se puso a gritar y forcejear como una loca. Fueron a casa de Filíppov, y a las dos horas el suicidio de Kiríllov y la nota que había dejado antes de su muerte eran conocidos por toda la ciudad. La policía interrogó a la recién parida, que aún estaba consciente, y resultó que no había leído la nota de Kiríllov; en cuanto a cómo había llegado a la conclusión de que habían matado a su marido, fue algo que nunca se pudo averiguar. Se limitaba a gritar: «Si han matado a Kiríllov, también han matado a mi marido, ¡estaban juntos!». A mediodía perdió el sentido, para no volver a recobrarlo nunca más, y falleció a los tres días. Para entonces el niño ya había muerto, de un resfriado. Arina Prójorovna, al no encontrar en casa ni a Maria Ignátievna ni al niño, y oliéndose que las cosas se iban a poner feas, quiso volver rápidamente a casa, pero se detuvo en el portalón y mandó a la sirvienta a preguntar «al señor que vivía en el pabellón si por casualidad estaba allí Maria Ignátievna o si sabía algo de ella». Volvió la criada, gritando como una loca. Tras convencerla de que no gritara y no se lo dijera a nadie, con el consabido argumento de que «la llevarían a juicio», Arina Prójorovna salió discretamente del patio.