Los demonios

Los demonios

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Comí en una taberna. A las cinco y cuarto en punto estaba de vuelta. Abrí, como siempre, con mi llave. No había nadie más que Matriosha. Estaba acostada en la cama de su madre, oculta tras el biombo, y vi cómo se asomaba a mirar, pero hice como que no me había dado cuenta. Estaban abiertas todas las ventanas. Entraba una brisa tibia, casi caliente. Me puse a dar vueltas por la habitación y finalmente me senté en el diván. Lo recuerdo todo hasta el último detalle. No sé por qué, pero lo cierto es que me complacía en mantener a Matriosha en vilo, sin dirigirle la palabra. Dejé que pasara así una hora entera, hasta que repentinamente ella salió de detrás del biombo, abandonando la cama. Primero oí el golpe seco de sus pies al dar en el suelo, y después unos pasos muy ligeros, y en ésas apareció en el umbral de mi habitación. Se quedó de pie mirándome en silencio. Observé que, en esos días en que no había tenido ocasión de verla de cerca, había adelgazado muchísimo. Tenía la cara chupada y un aspecto indudablemente febril. Sus ojos, más grandes que antes, estaban fijos en mí y muy abiertos, con una expresión de curiosidad embobada, o esa sensación me dio al principio. Yo seguía sentado, mirándola sin moverme. Y entonces, de repente, volví a odiarla, aunque no tardé en darme cuenta de que no le inspiraba ningún miedo, sino que más bien estaba delirando. Pero tampoco se trataba de un delirio. De repente se puso a cabecear repetidamente, sin dejar de mirarme, como suelen hacer en señal de reproche las personas simples y sin educación, y acto seguido levantó su diminuto puño en el aire como si me amenazase con él. En un primer momento, el gesto me pareció ridículo, pero luego no pude soportarlo. Su cara reflejaba una desesperación que resultaba intolerable en una niña. Siguió agitando el puñito de modo amenazante y sacudiendo la cabeza en señal de reproche. Yo me levanté y me acerqué a ella atemorizado y, cautelosamente, empecé a hablarle con dulzura y afecto, pero enseguida vi que no entraría en razón. De pronto, se tapó impulsivamente la cara con las dos manos, como había hecho la otra vez, se retiró hasta la ventana de su cuarto y se quedó allí dándome la espalda. Yo me volví a mi cuarto y me senté al lado de la ventana. No soy capaz de comprender por qué, en lugar de marcharme, me quedé allí como si esperase algo. Pronto volví a oír sus pasos apresurados, ahora por la galería de madera que conducía a las escaleras. Me acerqué a toda prisa hasta la puerta, la abrí y solo me dio tiempo a ver cómo Matriosha se metía en el minúsculo trastero, que parecía un gallinero, al lado de otro sitio. Una idea muy curiosa me vino a la cabeza. Aún hoy no consigo discernir por qué, sin previo aviso, todo empezó a girar en torno a esa idea. Entrecerré la puerta y volví a sentarme al lado de la ventana. Por supuesto, yo todavía no daba crédito a aquella idea repentina; «y, sin embargo…». (Me acuerdo de todo).


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