Los demonios
Los demonios Al cabo de un minuto miré el reloj y registré la hora con total exactitud. Empezó a caer la tarde. Una mosca revoloteaba sobre mi cabeza y venía a posarse una y otra vez en mi cara. La atrapé, la retuve entre los dedos y la eché por la ventana. Una telega entró en el patio haciendo mucho ruido. También en voz muy alta (y desde hacía ya rato), un sastre, asomado a una ventana que daba a una esquina del patio, cantaba una canción. Desde mi ventana podía verlo, sentado y afanado en su trabajo. De golpe caí en que, como no me había cruzado con nadie al entrar en el edificio y subir por la escalera, tampoco convenía que me viera nadie ahora, ni cuando tuviera que bajar, y aparté deliberadamente la silla de la ventana para quedar fuera de la vista de los vecinos. Cogí un libro, pero volví a dejarlo y me puse a observar una diminuta araña rojiza posada en la hoja de un geranio, y me quedé adormilado. Lo recuerdo todo hasta el último instante.