Los demonios
Los demonios De repente, miré el reloj: habían pasado veinte minutos desde que Matriosha había salido de su cuarto. La conjetura empezaba a cobrar forma de probabilidad. No obstante, decidí esperar exactamente quince minutos más. También podía ser, se me ocurrió, que ella hubiera vuelto y que yo, a lo mejor, no la hubiera oído. Pero eso era imposible: reinaba un silencio de muerte en el que se podía oír el vuelo de una mosca. Otra vez se me desbocó el corazón. Miré el reloj: faltaban aún tres minutos para el cuarto de hora; aguanté como pude, aunque las palpitaciones eran tan fuertes que el pecho me dolía. Al fin me levanté, me puse el sombrero, me abotoné el abrigo y eché un vistazo a la habitación, por si hubiera dejado alguna señal de mi presencia. Arrimé más la silla a la ventana, igual que estaba antes. Por último, abrí con cuidado la puerta, la cerré con mi llave y me fui hacia el trastero. Estaba cerrado, pero no con llave; yo sabía que tenía mal la cerradura, pero no me atrevía a abrir, de modo que me puse de puntillas para poder mirar por la rendija del vano de la puerta. En aquel momento, estando de puntillas, recordé que, cuando me hallaba sentado junto a la ventana mirando aquella arañita roja y a punto de dormirme, había pensado que más tarde tendría que ponerme de puntillas y espiar por esa misma rendija. Menciono este detalle porque quiero que quede completamente claro hasta qué punto estaba yo en plena posesión de mis facultades mentales, y que me hago enteramente responsable de todo. Estuve atisbando por la rendija mucho tiempo, pero allí dentro estaba a oscuras, aunque no del todo. Así que acabé por ver lo que quería… Quería cerciorarme por completo.