Los demonios

Los demonios

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Finalmente, decidí marcharme. No me encontré con nadie en la escalera. Tres horas más tarde estábamos todos en la pensión, en mangas de camisa, tomando té y jugando a las cartas con una baraja vieja; Lebiadkin recitaba poemas. Todo el mundo contaba anécdotas y, como si se hubieran puesto de acuerdo, resultaban todas amenas e interesantes, y en modo alguno tan idiotas como de costumbre. También estaba Kiríllov. Nadie bebía, a pesar de que había una botella de ron, salvo Lebiadkin, que de cuando en cuando echaba un trago. Prójor Málov había comentado en cierta ocasión: «Cuando Nikolái Vsévolodovich está de buen humor y no protesta, todos estamos contentos y decimos cosas sensatas». En esos momentos, me acordé de sus palabras.

A eso de las once, apareció la hija pequeña de la portera de la casa de la calle Gorójovaia para comunicarme, de parte de mi casera, que Matriosha se había ahorcado. Me fui con ella y, cuando llegué, comprobé que la casera ni sabía para qué me había hecho venir. Lloraba a gritos y se golpeaba la cabeza; había mucha gente y se había presentado la policía. Me quedé allí un rato, y luego me fui.




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